Capítulo 19. El Velo se Levanta
El edificio donde residía Astaroth era una imponente estructura oculta entre los confines del inframundo. De sus torres oscuras y retorcidas emanaba una presencia que parecía absorber toda luz. En sus interiores, un silencio sepulcral predominaba, roto solo por el eco de los pasos que resonaban en los largos corredores de piedra negra. Las paredes estaban adornadas con relieves en bajo relieve que narraban antiguas luchas de poder, y estatuas de figuras angelicales y demoníacas, como testimonios de guerras que ya nadie recordaba del todo.
Samael avanzaba con paso firme, como si su presencia allí
fuese una extensión de su deber. Había sido convocado urgentemente, y sabía que
cuando Astaroth requería su presencia, no era para algo trivial. Al llegar a
las enormes puertas de hierro forjado, con grabados de raíces entrelazadas que
parecían hundirse en la propia tierra, Samael respiró profundamente y las
empujó.
En el interior, la habitación era vasta y opulenta, aunque
en lugar de lujo, el ambiente destilaba una fría autoridad. Astaroth estaba de
pie junto a un ventanal que se abría hacia un abismo, un vacío que parecía
susurrar antiguas promesas de poder. Vestido con una túnica oscura que fluía
como sombras vivas a su alrededor, el príncipe del inframundo tenía la mirada
fija en la negrura, como si estuviera contemplando un horizonte que solo él
podía ver.
—Me has convocado, mi señor —dijo Samael, su voz grave y
respetuosa, inclinando ligeramente la cabeza.
Astaroth no se giró de inmediato, permaneciendo con las
manos entrelazadas detrás de la espalda. La tensión en la sala era casi
palpable, un signo claro de que algo no marchaba según sus planes. Cuando
finalmente habló, su voz era baja y controlada, pero cada palabra estaba
cargada de una oscura autoridad.
—Samael, nuestra situación se complica —dijo Astaroth, sin
apartar la mirada del abismo—. Mi padre todavía cree que estoy jugando según
sus reglas, pero para lograr nuestro objetivo, necesito que todos estén
completamente alineados. Y eso incluye a nuestro querido Anpu.
Samael se mantuvo en silencio, percibiendo que había algo
más. Astaroth nunca mencionaba a alguien con ese tono si no había motivo para
preocuparse.
—Ha surgido un... inconveniente —continuó Astaroth, con un
leve suspiro de exasperación, como si la palabra misma le resultara
insuficiente—. Anpu ha conocido a una chica en una playa cercana, y parece que
su mente se ha visto distraída de su verdadero propósito.
Samael se tensó ligeramente, aunque se esforzó por no
mostrarlo. La lealtad de Anpu era fundamental para los planes de Astaroth. Pero
era más preocupante el hecho de que Astaroth parecía estar al tanto de algo tan
trivial como un encuentro en una playa.
—Entiendo —respondió Samael, manteniendo su tono impasible—.
¿Debo encargarme de ella?
Astaroth finalmente se giró, su figura imponente revelada
por completo a la luz tenue de los candelabros que parpadeaban en las esquinas
de la habitación. Sus ojos, de un rojo intenso, brillaban con la ambición
inquebrantable de alguien que no estaba dispuesto a dejarse vencer por ningún
obstáculo.
—No. No, todavía no —dijo Astaroth, su voz en un susurro
afilado—. No necesitamos eliminarla... aún. La clave es Anpu. Él es el que
porta la gema, y si su lealtad vacila, todo por lo que hemos trabajado podría
desmoronarse. Mantén vigilado a Anpu de cerca. Quiero que te asegures de que no
pierda de vista quiénes son sus verdaderos aliados.
Samael asintió con un gesto solemne. Sabía que las órdenes
de Astaroth no eran simples sugerencias. Sin embargo, una leve preocupación se
reflejaba en sus ojos, una sombra de duda que solo él podía reconocer.
—¿Hay algo más que deba saber? —preguntó Samael, sintiendo
que Astaroth no le había dicho todo.
Astaroth se acercó un poco más, sus facciones afiladas
revelando una intensidad que parecía casi desbordarse.
—Anpu es poderoso, pero también inestable. Esa chica, sea
quien sea, ha despertado algo en él, algo que no habíamos previsto. Si no lo
controlamos, su propia duda puede llevarlo a traicionarnos. No podemos permitir
que eso suceda.
El silencio se alargó un instante, mientras Samael asimilaba
la gravedad de las palabras de Astaroth. No solo debía vigilar a Anpu, sino
contener cualquier chispa que amenazara con encenderse.
—Lo haré, mi señor —afirmó Samael, inclinando nuevamente la
cabeza.
Astaroth esbozó una sonrisa calculadora, complacido con la
respuesta.
—Excelente, Samael. Recuerda: la lealtad de Anpu es
fundamental. Sin ella, nuestras posibilidades de derrocar a mi padre se
desvanecerían como cenizas en el viento.
Samael salió de la habitación sin más palabras. Su mente ya
estaba trabajando en cómo acercarse a Anpu sin levantar sospechas, mientras
Astaroth volvía a quedarse solo frente al ventanal, observando el abismo. Sus
dedos tamborileaban suavemente sobre el cristal, como si ya pudiera sentir las
corrientes del poder a su alcance, listas para ser desatadas cuando todas las
piezas estuvieran en su lugar.
El Templo de los Héroes se alzaba majestuoso en medio de un
paisaje de colinas verdes y cielos despejados. Sus columnas blancas,
intrincadamente talladas con símbolos antiguos, sostenían un techo abovedado
decorado con imágenes de las gestas heroicas de generaciones pasadas. A la luz
del mediodía, los vitrales proyectaban reflejos multicolores en el mármol del
suelo, creando un ambiente solemne que reflejaba la importancia de cada
reunión.
Metatrón, el mediador y portavoz de las deidades, se
encontraba de pie en el centro del templo, sus alas recogidas a sus espaldas y
su rostro sereno como el de una estatua antigua. Frente a él, en un
semicírculo, estaban los cinco Campeones Divinos: Ryoku, Percy, Mérida, Hana y
Stella. Cada uno de ellos, con su distintivo emblema de la gema que portaban,
escuchaba atentamente al arcángel mientras él exponía la estrategia para el
próximo enfrentamiento.
—La situación se está volviendo crítica —comenzó Metatrón,
su voz resonando en el templo con una autoridad firme pero calmada—. El Campeón
de la Destrucción continúa oponiéndose a nosotros y su poder crece con cada
enfrentamiento. Sin embargo, también lo hemos debilitado. Los informes indican
que su voluntad está fracturándose.
Los campeones intercambiaron miradas, asimilando las
palabras del arcángel. La última batalla había sido dura, pero en sus corazones
sentían que habían progresado, que su unión como equipo los había fortalecido.
—Por eso, debemos actuar ahora —continuó Metatrón—. La
próxima batalla será decisiva. Nuestro objetivo no es destruirlo, sino
capturarlo para poder llegar a su lado humano. No podemos permitir que el
Campeón de la Destrucción siga portando esa gema, desestabilizando el
equilibrio del mundo. Para lograrlo, es crucial que trabajemos como un solo
ente.
Ryoku, siempre impulsivo, asintió con determinación. Su puño
derecho, envuelto en un guante de cuero, se cerró con fuerza.
—Estamos listos para enfrentarlo, Metatrón. Hemos entrenado y mejorado nuestras
habilidades. Esta vez, no fallaremos —dijo, con un tono firme que reflejaba la
confianza del grupo.
Percy, que solía compartir la visión pragmática de Ryoku,
añadió:
—No podemos dejar que siga escapando. La gema necesita ser retirada de él para
entregársela a alguien más adecuado. Alguien que no la use para sembrar el
caos.
Mérida, aunque no habló, asintió con una expresión de calma
concentrada. Se podía ver la misma confianza reflejada en los ojos de Hana, que
observaba a Metatrón con seriedad.
Sin embargo, Stella permaneció en silencio, mordiéndose el
labio inferior mientras desviaba la mirada hacia los vitrales que dejaban pasar
los rayos de luz. No podía ignorar el malestar que sentía cada vez que
escuchaba la palabra "capturarlo". Sabía que debía confiar en
Metatrón y en sus compañeros, pero en su interior, algo seguía susurrándole que
había otra forma de llegar a él, una que no involucrara más violencia.
Metatrón percibió su duda y, por un momento, dirigió su
mirada hacia ella, como si pudiera leer sus pensamientos.
—Stella —dijo suavemente, su tono menos imponente y más
cercano—, sé que este camino es difícil. Pero a veces, el acto de capturar a
alguien no es para castigarlo, sino para salvarlo de sí mismo. El Campeón de la
Destrucción ha sido consumido por las sombras, y solo neutralizándolo podremos
intentar liberarlo de ese control.
Stella levantó la vista hacia Metatrón, forzando una leve
sonrisa en su rostro.
—Lo entiendo, Metatrón… solo espero que podamos encontrar una forma de
ayudarlo, y no solo de derrotarlo.
El arcángel asintió lentamente, reconociendo su
preocupación. Luego, se volvió hacia los demás campeones, retomando su voz
autoritaria.
—Recuerden, la misión principal es inmovilizar al Campeón
para que podamos neutralizar la influencia de la gema. Deben mantener su foco y
trabajar juntos. No subestimen sus dudas o debilidades, porque esas grietas
podrían ser la diferencia entre el éxito y el fracaso.
Los campeones intercambiaron miradas de aprobación,
reconociendo la importancia de mantenerse unidos. Estaban listos para la
batalla, convencidos de que esta vez el resultado sería diferente. Pero
mientras el grupo se dispersaba para los preparativos, Stella se quedó atrás,
observando las sombras danzantes en el suelo de mármol.
A su lado, Mérida se detuvo y la miró con curiosidad.
—¿Estás bien? —le preguntó suavemente.
—Sí, solo… —Stella vaciló un momento, buscando las palabras
adecuadas—. Solo quiero estar segura de que estamos haciendo lo correcto.
—Lo estamos —afirmó Mérida con confianza—. Y confío en que
encontraremos la forma de salvarlo, sea quien sea.
Stella asintió, aunque no pudo evitar sentir una punzada de
duda. Sabía que debía dejar de lado sus sentimientos, pero no podía ignorar la
sensación de que había algo que no entendía del todo, una verdad oculta detrás
de esa voz que resonaba en sus pensamientos.
El Templo de los Héroes se llenó de un profundo silencio
cuando todos comenzaron a dispersarse, y Stella, aún con la vista perdida en
los vitrales, cerró los ojos por un momento, deseando que la respuesta a sus
preguntas llegara antes de que fuera demasiado tarde.
Anpu se encontraba solo en una sala privada de la mansión,
un lugar apartado donde solía refugiarse para encontrar un poco de paz en medio
del caos. La habitación estaba decorada de manera sencilla, en un contraste
evidente con el lujo del resto de la estructura. Una única ventana alta dejaba
entrar un rayo de luz lunar que iluminaba parcialmente la figura de Anpu,
sentado con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el suelo.
Sentía el peso de sus pensamientos, una maraña de dudas y
recuerdos que lo atrapaban en un ciclo interminable. Su mente regresaba, una y
otra vez, a los momentos en la playa con Stella, a las palabras intercambiadas
y a esa conexión inexplicable que había crecido entre ellos. Había empezado a
cuestionar sus propias decisiones, su misión y el propósito de la gema que
portaba. ¿Era realmente su destino destruir todo a su paso?
El sonido de la puerta al abrirse interrumpió sus
pensamientos. Anpu levantó la vista, sus ojos oscuros clavándose en la figura
que entraba. Samael cruzó el umbral con un porte tranquilo, casi altivo, y
cerró la puerta detrás de él. La luz proyectó su sombra larga en la pared,
dándole un aire aún más imponente.
—Anpu —dijo Samael con un tono cortés pero autoritario, sin
molestarse en ocultar el leve reproche en su voz.
Anpu se puso de pie de inmediato, adoptando una postura
defensiva, como si anticipara una reprimenda. Había aprendido a leer la forma
en que los demás lo observaban, y sabía que la llegada de Samael no era por un
simple intercambio de palabras.
—¿Qué quieres? —preguntó Anpu, su tono apenas disimulando la
desconfianza.
Samael avanzó lentamente por la habitación, como si
estuviera inspeccionándola. Se detuvo a una distancia prudente y lo miró
fijamente, sus ojos claros contrastando con la penumbra de la sala.
—No se trata de lo que yo quiera —respondió Samael—. Esta es
una orden de Astaroth.
Anpu sintió cómo su cuerpo se tensaba ante esa mención.
Hacía tiempo que había empezado a cuestionar las intenciones de Astaroth, pero
también sabía que desobedecerlo no era una opción. Era su deber, su destino… al
menos eso había creído siempre.
—¿Qué orden? —inquirió Anpu, intentando mantener un tono
neutro.
—Vas a enfrentarte nuevamente a los campeones, pero esta vez
no lo harás solo —dijo Samael con una calma que Anpu encontró irritante—.
Astaroth ha decidido que te acompañaré en la próxima batalla.
Anpu apretó los puños, sintiendo cómo la irritación
escalaba. Era más que la simple presencia de Samael; era el hecho de que sus
decisiones fueran tomadas sin su consentimiento, como si él fuera una simple
herramienta a disposición de otros. Había empezado a sentir que cada vez tenía
menos control sobre su propio camino.
—¿No confían en mí para manejarlo solo? —replicó Anpu, su
tono teñido de ironía y desdén.
Samael lo miró con una expresión imperturbable, pero había
algo en sus ojos, un brillo de paciencia que parecía estar siempre al límite.
Cuando habló, su voz fue firme, pero con un dejo de advertencia.
—No es una cuestión de confianza, Anpu. Es una cuestión de
estrategia. Astaroth considera que juntos tendremos más posibilidades de éxito.
Y no está pidiendo tu opinión al respecto.
Anpu sintió que sus dientes se apretaban, su frustración
aumentaba con cada palabra que escuchaba. Estaba siendo tratado como un peón, y
cada vez era más difícil ignorar esa realidad.
—¿Y qué pasa si me niego? —dijo Anpu, midiendo sus palabras
con cuidado.
Samael entrecerró los ojos, como si estuviera analizando
cada faceta de Anpu, cada signo de debilidad o desafío. Luego, dio un paso más
hacia él, hasta quedar lo suficientemente cerca como para que su presencia se
sintiera intimidante.
—No te niegues, Anpu —respondió Samael en un tono bajo, casi
un susurro—. No sería prudente.
Anpu se quedó en silencio, sintiendo la presión de las
palabras de Samael y la sombra de Astaroth extendiéndose sobre él. Sabía que no
tenía elección, al menos no una que no lo llevara a un desenlace peligroso para
todos los involucrados. Respiró hondo y apartó la mirada, como si al hacerlo
pudiera alejarse de la realidad.
—Está bien —dijo finalmente, a regañadientes—. Pero no creas
que me agrada.
Samael esbozó una leve sonrisa, aunque no había rastro de
satisfacción en ella. Simplemente, un gesto de aceptación de la situación.
—No se te ha pedido que te agrade, solo que cumplas con tu
deber —respondió Samael, dándole la espalda para dirigirse hacia la puerta—.
Nos vemos en el campo de batalla.
Sin más, Samael salió de la habitación, dejando a Anpu
sumido en sus pensamientos. La soledad de la sala se volvió asfixiante de
repente, como si el eco de sus dudas reverberara en las paredes de piedra.
Sentía que su control sobre su destino se deslizaba como arena entre sus dedos,
y las palabras de Samael no hacían más que reforzar su creciente sensación de
alienación.
A medida que el silencio se asentaba de nuevo, Anpu cerró
los ojos y apretó los puños con fuerza, buscando en la oscuridad de su mente un
ancla a la que aferrarse. Y en su interior, la imagen de Stella apareció
fugazmente, como un destello de luz en medio de la tormenta que se desataba en
su alma.
El viento soplaba suave y frío, arrastrando el eco de hojas
secas que se deslizaban por las calles vacías del pueblo abandonado. Era un
lugar desolado, olvidado por el tiempo y despojado de su antiguo esplendor. Los
edificios, medio derrumbados y cubiertos de vegetación, eran sombras de lo que
alguna vez fue una próspera comunidad. El cielo estaba encapotado, y los tonos
grises del paisaje creaban un aire de melancolía inquietante.
Los Campeones Divinos avanzaban en silencio, con los
sentidos alerta. Ryoku lideraba al grupo, moviéndose con pasos decididos,
mientras Percy cubría la retaguardia, su mirada atenta a cualquier señal de
peligro. Mérida, Hana y Stella seguían en formación, sus ojos recorriendo cada
rincón en busca de algo que perturbara la quietud sepulcral.
Había una tensión latente en el aire, una sensación de que
no estaban solos, de que algo los observaba desde las sombras. Stella no podía
evitar sentir un escalofrío recorriendo su espalda, aunque no fuera por el
frío. Sus pensamientos estaban divididos entre la misión y sus dudas, esa
sensación persistente de que había un camino alternativo, aunque no pudiera
definirlo del todo.
—Esto se siente raro —murmuró Hana, rompiendo el silencio,
su tono apenas un susurro—. No me gusta.
—Mantente alerta —respondió Ryoku en voz baja, apretando los
puños—. Sabemos que no va a ser fácil, pero tenemos que estar listos para
cualquier cosa.
Stella asintió distraída, pero su mente seguía en otro
lugar. La imagen de Anpu, la duda en sus ojos durante su último encuentro
seguía persiguiéndola. Había algo en él que le hacía creer que el conflicto que
enfrentaban no era tan sencillo como lo estaban planteando. La brisa fría
acarició su rostro y, por un momento, juró escuchar su voz entre el murmullo
del viento.
De repente, Percy alzó la mano en señal de alto. Había un
peso en el ambiente, como si el aire mismo se hubiera vuelto denso y opresivo.
Todos detuvieron sus pasos y adoptaron una posición defensiva, sintiendo la
inconfundible presencia de algo oscuro acercándose.
—¿Lo sienten? —susurró Mérida, su voz temblando ligeramente.
—Sí —respondió Ryoku, con los músculos tensos—. Está aquí.
Antes de que pudieran reaccionar, una onda de energía oscura
se expandió desde la distancia, una presencia sofocante que parecía devorar la
luz a su alrededor. De entre las sombras de un edificio en ruinas, apareció una
figura imponente: Samael. Sus ojos claros brillaban fríamente, y una leve
sonrisa se asomaba en sus labios, como si disfrutara la tensión palpable en el
aire.
—Campeones… —dijo Samael, su tono de voz resonando con un
eco extraño, lleno de un desprecio contenido—. Qué placer encontrarnos en este
lugar tan... desolado.
Percy dio un paso adelante, su semblante severo y sus manos
listas para el combate.
—Samael —gruñó, con un tono de advertencia—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Samael esbozó una sonrisa tranquila y alzó una mano, como si
quisiera tranquilizarlos.
—No se preocupen, no estoy aquí para pelear —dijo, aunque su tono indicaba lo
contrario—. Solo vine para acompañar a alguien… alguien que se encargará de
ustedes.
El grupo se tensó, esperando lo peor. Stella, aunque intentó
mantener la calma, sintió una inquietud creciendo en su pecho. Antes de que
alguno de los campeones pudiera moverse, una luz cegadora rompió el cielo
nublado. Un rayo de luz dorada descendió del firmamento, y con él, una figura
envuelta en un resplandor radiante aterrizó suavemente frente a los campeones.
Era el Arcángel Gabriel, el Mensajero de la Luz y portador
de la paciencia eterna. Su presencia era imponente, pero al mismo tiempo
inspiraba calma y serenidad. Sus alas se desplegaron con un suave susurro, y su
armadura dorada resplandeció bajo la luz del rayo que lo había traído. Gabriel
alzó la vista hacia los campeones, y un halo de luz los rodeó a todos, creando
un escudo protector a su alrededor.
—Campeones —dijo Gabriel, su voz resonando con una calidez y
autoridad que contrastaba con la frialdad de Samael—. No permitan que las
sombras nublen su juicio. Recuerden la misión que les ha sido encomendada, y
mantengan su fe en su causa.
Los campeones sintieron un renovado vigor en sus corazones
al escuchar las palabras de Gabriel. Ryoku asintió, y Percy enderezó su
postura, sintiendo que la presencia de Gabriel era un recordatorio de su
misión. Mérida, con los ojos llenos de determinación, tomó una profunda
respiración y se preparó para lo que se avecinaba.
Sin embargo, Stella no pudo apartar la mirada de Samael,
cuya sonrisa había desaparecido al aparecer Gabriel. Sentía la oscuridad emanar
de él, pero había algo más en su presencia, algo que parecía querer quebrarlos
desde adentro.
—No subestimen a su enemigo —continuó Gabriel—. Pero tampoco
dejen que sus dudas debiliten su voluntad. La paciencia no es la ausencia de
acción, sino la certeza de que hay un propósito en cada paso que damos. Confíen
en su fuerza y en su propósito.
Samael alzó una ceja, como si las palabras de Gabriel le
resultaran ridículas. Se volvió hacia los campeones con una mirada llena de
desafío, como un depredador acechando a su presa.
—El propósito, arcángel, es una ilusión que los humanos se
han inventado para sentirse seguros —dijo Samael, su voz impregnada de desdén—.
Y la paciencia solo retrasa lo inevitable.
Gabriel no respondió de inmediato, sino que fijó su mirada
en Samael, con una expresión serena que no traicionaba ninguna emoción.
Finalmente, habló en un tono firme pero compasivo.
—Puede que lo inevitable llegue para todos nosotros, Samael.
Pero mientras tengamos fe, no será hoy.
Los campeones sintieron una nueva energía fluir a través de
ellos, y el escudo de luz a su alrededor se intensificó. Samael los miró con
desdén, consciente de que Gabriel estaba ganando tiempo para darles una
ventaja. Sus ojos se volvieron hacia la distancia, hacia el lugar donde Anpu
aguardaba, y una oscura determinación se reflejó en ellos.
Los campeones sabían que el enfrentamiento era inevitable.
Sintieron la tensión en el aire, como la calma antes de la tormenta. A pesar de
sus dudas, Stella se armó de valor, sabiendo que el momento de enfrentar la
verdad estaba cada vez más cerca, aunque aún no entendiera completamente lo que
eso significaba.
El centro del pueblo era un campo de guerra en potencia.
Bajo la luz mortecina de un sol velado por nubes densas, los Campeones Divinos
se alinearon frente al Campeón de la Destrucción. Anpu, el portador de la
oscuridad, parecía un espectro más que un guerrero. Sus movimientos lentos y la
mirada vacía traicionaban su desgana. Aun así, la sombra de su poder pendía
como una espada sobre el pueblo, que, ya devastado, ahora parecía una tumba a
cielo abierto.
Los escombros crujían bajo las botas de los héroes. Ryoku,
con la gema del fuego ardiendo en su pecho, tomó la iniciativa.
—No subestimemos su apatía—, dijo con firmeza. —Una bestia
herida sigue siendo peligrosa.
A su lado, Hana asintió, los abanicos de viento girando en
sus manos con movimientos ágiles.
Un trueno rompió el silencio cuando Ryoku lanzó el primer
ataque. Un torrente de llamas avanzó en línea recta hacia Anpu, que lo bloqueó
alzando una barrera de sombras con un movimiento de su mano. Pero la fuerza del
impacto lo obligó a retroceder. Los otros campeones aprovecharon la apertura.
Percy arremetió con su martillo, haciendo temblar el suelo, mientras Mérida lo
flanqueaba, lanzando latigazos de agua que cortaban como cuchillas.
Sin embargo, Anpu no reaccionaba como antes. Su defensa era eficiente,
pero carecía de la brutalidad despiadada que lo había definido en batallas
previas. Mérida, entre ataques, lo notó.
—Está desmotivado—, dijo, sus palabras teñidas de duda. —Algo
lo está frenando...
El enfrentamiento cambió de ritmo cuando Gabriel y Samael
cruzaron el campo. Mientras los Campeones Divinos luchaban con estrategia y
precisión, los dos arcángeles se enfrentaron en un duelo que era más que un
choque físico: era una batalla entre luz y sombra, entre ideales.
Gabriel se movía con la gracia de un guerrero entrenado en
siglos de combate. Su espada de luz cortaba el aire, destellando como rayos.
Samael, con su energía oscura ondulando como un manto, respondía con ataques
rápidos y certeros, cada golpe cargado de rabia contenida.
—¡Siempre fuiste ciego, Gabriel! — bramó Samael mientras un
rayo negro surgía de sus manos, intentando envolver a su adversario. —No puedes
ver las grietas en este supuesto equilibrio.
Gabriel bloqueó el ataque con un escudo resplandeciente, la
colisión generando una explosión de energía que sacudió el terreno.
—Y tú—, respondió con una voz serena pero firme, —te has
perdido en la desesperación. Aún hay redención para ti, hermano.
El choque de sus energías se reflejaba en el cielo, donde
los rayos de luz y sombra competían por el dominio. Mientras tanto, los
Campeones Divinos mantenían a Anpu contenido, cada uno demostrando cuánto
habían crecido desde el último enfrentamiento.
Ryoku, con renovada confianza, lanzó una oleada de fuego que
obligó a Anpu a retroceder aún más. Hana, por su parte, invocó un vendaval que
arrastró los escombros, entorpeciendo la visión del enemigo. Percy aprovechó la
oportunidad para cargar de frente, su martillo resonando como un trueno al
impactar contra la barrera de Anpu.
Pero entonces, una sonrisa apenas perceptible se dibujó en
el rostro de Anpu.
—Por fin algo interesante—, murmuró.
El campeón comenzó a movilizar su energía oscura con más
intensidad, y el suelo tembló bajo sus pies. Parecía que, a pesar de su inicial
desgana, los esfuerzos combinados de los campeones lo estaban empujando a
recuperar su verdadero poder.
Mientras el combate escalaba, la tensión entre Gabriel y
Samael llegó a un punto álgido. La luz de Gabriel comenzó a brillar más
intensamente, como si respondiera a una decisión interna.
—No te dejaré hundirte más en las sombras—, dijo mientras su
espada emitía un destello cegador.
—¡No es tu decisión redimirme o condenarme! — rugió en
respuesta Samael, alzando su arma oscura.
El combate en el centro del pueblo no era solo una lucha de
fuerza; era una danza de estrategias y voluntades, de convicciones y conflictos
personales. Cada golpe, cada defensa, llevaba consigo las historias, miedos y
esperanzas de sus participantes.
La batalla estaba lejos de terminar, pero las primeras
chispas de cambio ya se veían en el horizonte.
El aire en el campo de batalla estaba cargado de tensión y
un fulgor etéreo. Mientras los Campeones Divinos mantenían a Anpu ocupado, el
duelo entre Samael y Gabriel se volvía cada vez más visceral. Los destellos de
luz y sombra que emanaban de sus ataques iluminaban las ruinas como relámpagos
en medio de una tormenta interminable.
Gabriel avanzaba con precisión implacable. Su espada de luz
se movía como un cometa, perforando la oscuridad que Samael intentaba desplegar
a su alrededor. Cada golpe de Gabriel era un recordatorio de su determinación.
—Samael, rinde tus armas. Tu lucha contra la luz no te
llevará a ningún lugar... solo a más dolor.
Samael, sudoroso y jadeante, retrocedía ante la arremetida.
Su rostro, marcado por una mezcla de frustración y agotamiento, reflejaba que
estaba perdiendo terreno. La oscura energía que lo rodeaba se agitaba, ya no
como una extensión de su poder, sino como un animal herido que busca
protegerse.
—¡No entiendes nada, Gabriel! ¡Este equilibrio no es más que
una mentira! ¡Una cárcel disfrazada de orden!
Gabriel respondió con un corte limpio que Samael apenas
logró desviar, las chispas volando al contacto de sus armas.
—¡Y tú estás dispuesto a destruirlo todo por tu orgullo
herido! Samael, no eres más que un eco de lo que fuiste.
La presión sobre Samael alcanzó su punto máximo. Al sentir
el filo de la derrota, una chispa de desesperación cruzó su mirada. Con un
rugido que resonó como una tormenta, giró hacia Anpu, su voz atravesando el
caos del combate.
—¡Acaba con ellos! — El grito de Samael vibró como una orden
que perforó las defensas de Anpu, pero hubo algo más en su tono: urgencia y
súplica. No pronunció su nombre, pero su intención era inconfundible. —¡Hazlo
ahora y ven conmigo! Juntos aplastaremos esta luz que no merece brillar.
Anpu, quien hasta entonces había luchado con una
indiferencia casi autómata, se congeló al escuchar las palabras. Los Campeones
Divinos también detuvieron brevemente su ofensiva, sorprendidos por la súbita
intensidad en el tono de Samael. El Campeón de la Destrucción bajó lentamente
su mano, dejando que las sombras que había invocado se disiparan parcialmente.
En los ojos de Anpu brillaba una duda peligrosa. Por un
momento, pareció tambalearse entre el deber impuesto por las fuerzas oscuras y
un sentimiento que lo corroía desde dentro. Samael, percibiendo su titubeo, lo
atacó con palabras cargadas de ira y manipulación.
—¿Qué clase de Campeón eres, Destrucción? ¿No ves que esto
es tu propósito? Estas criaturas no pueden detenernos. ¡Hazlo ahora! No te
atrevas a fallarme.
La voz de Samael, cargada de desesperación, golpeó a Anpu
como un látigo. Pero en lugar de motivarlo, las palabras empezaron a despertar
algo más: un abismo de inseguridad que ya latía en su interior. La ira de
Samael era contagiosa, pero también peligrosa, como un veneno que comenzaba a
filtrarse en su mente.
Anpu cerró los ojos un momento, su postura rígida. La
energía oscura alrededor de él se agitó, fluctuando como si respondiera a un
conflicto interno. Recordó su propósito, su poder, y el precio de su creación.
Pero al mismo tiempo, sintió el peso de la condena que lo acompañaba.
—Siempre ordenándome... — murmuró Anpu, su voz apenas
audible al principio, pero lo suficiente como para que Samael lo escuchara. —Siempre
exigiendo... sin importar las consecuencias.
Los Campeones Divinos aprovecharon esta pausa para
reordenarse, sus ojos clavados en Anpu, preparados para un ataque o una
rendición. Ryoku, sosteniendo su espada en alto, murmuró a sus compañeros.
—No lo pierdan de vista. Algo está cambiando.
Samael, al borde del colapso, alzó nuevamente su voz.
—¡No es momento para dudas, Destrucción! ¡Haz lo que se te
encomendó o todos lo perderemos todo!
Anpu abrió los ojos, y en ellos brillaba una furia
contenida. Su energía oscura explotó a su alrededor, formando un vórtice que
hizo retroceder a todos, tanto a los Campeones como a Gabriel y Samael. Pero
incluso en medio de este estallido de poder, no avanzó. Sus manos temblaban, su
respiración era errática.
—¿Crees que no lo sé? — rugió Anpu finalmente, su voz grave
resonando como un trueno. —¿Crees que no siento esta maldita carga sobre mis
hombros? Pero incluso yo... incluso yo puedo ver que esta lucha carece de
sentido.
El campo de batalla quedó en silencio por un instante, salvo
por el crepitar de la energía a su alrededor. Samael se quedó boquiabierto, sus
palabras atrapadas en su garganta. Por primera vez, parecía no tener respuesta.
El caos seguía envolviendo el campo de batalla. Las ruinas
del pueblo temblaban con cada choque de energías, y el polvo del suelo
colapsado formaba nubes que ocultaban parcialmente a los combatientes. Las
figuras de Gabriel y Samael se enfrentaban en un rincón, un duelo de luz y
sombra que iluminaba los escombros con destellos cegadores. Por otro lado, los
Campeones Divinos mantenían su atención en Anpu, cuyas dudas lo mantenían
inmóvil, como si luchara consigo mismo más que con sus oponentes.
Stella observaba todo desde una distancia prudente, oculta
entre los restos de una pared caída. Su corazón palpitaba con fuerza. Algo en
aquel combate, en las voces y movimientos, parecía resonar en un lugar profundo
y olvidado de su ser.
Entonces, ocurrió.
Anpu, sometido por la presión de los ataques y las palabras
de Samael, estalló. Su oscura figura se irguió por completo, y de su pecho
brotó una onda de energía que hizo retroceder a los Campeones Divinos y a
Samael por igual.
—¡Basta! — rugió con una voz que resonó como un trueno en el
corazón del pueblo devastado.
Volviéndose hacia Samael, su mirada ardía de frustración y
rabia.
—¡Confía en mí! —, gritó. Su voz era poderosa, cargada de
emoción y desesperación, como si aquello fuera un último intento de romper el
ciclo en el que estaba atrapado.
En ese instante, algo dentro de Stella se quebró.
Esas palabras, pronunciadas con esa voz, resonaron en su
mente como un eco distante. Un recuerdo emergió con fuerza, trayendo consigo
imágenes borrosas y emociones que no podía ignorar.
La forma imponente de Anpu parecía desvanecerse ante sus
ojos, reemplazada por algo más familiar, más cercano. Aquella voz... era la
misma que había escuchado antes, en un lugar más seguro, más cálido. Un
escalofrío recorrió su cuerpo, como si su propia alma reaccionara ante la
revelación.
Eso no es posible... — murmuró para sí misma, su voz
temblorosa apenas audible entre el estruendo del combate. Las piezas comenzaron
a encajar lentamente en su mente, y su confusión dio paso a una comprensión
aterradora.
El —rostro de Stella cambió. Primero fue confusión, luego
asombro, y finalmente una mezcla de incredulidad y pánico. La conexión era
clara, aunque su mente todavía luchaba por procesarla. Las palabras
"¡Confía en mí!" seguían resonando en su mente, como si fueran un eco
que no podía apagar.
Los Campeones Divinos no notaron el cambio en Stella.
Estaban demasiado ocupados reagrupándose para enfrentarse a Anpu, quien parecía
haber recuperado algo de su voluntad, aunque sus ojos aún mostraban el tumulto
interno que lo consumía. Samael, por su parte, miraba a su supuesto aliado con
una mezcla de furia y desdén.
Pero Stella no veía nada de eso. Todo lo demás desapareció a
su alrededor. El rugido de la batalla, los destellos de luz y las sombras
danzantes quedaron reducidos a un murmullo distante. Todo lo que sentía era la
fuerza de esa revelación y el peso de lo que significaba.
Stella clavó su mirada en Anpu. Su respiración era
irregular, y su cuerpo temblaba, como si estuviera al borde de una verdad
demasiado grande para soportarla. Los ojos de Stella brillan con una mezcla de
miedo y reconocimiento. Con un susurro se dijo:
—No puede ser...